Agustín Squella - Constituyente Distrito 7
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31/08/2012

«Una mañana, mientras aguardaba la llegada del Metrotren, comprobé en el tablero electrónico que arribaría dentro de nueve minutos, por lo cual me dispuse a leer algunas páginas del libro que llevaba conmigo, ‘Stoner’, de John Williams, la espléndida novela que Rodrigo Pinto destacó en la Revista Sábado. Pero me detuve antes incluso de abrirla al ver que una joven de rasgos orientales dejaba su mochila en el suelo e iniciaba una secuencia de lentos y fluidos movimientos de cabeza, tronco y extremidades, trayendo al frío recinto del andén la inesperada presencia de algo muy parecido a la serenidad…»

¿En el Metro de Santiago? Desde luego que no, porque en sus carros y estaciones apenas hay espacio para desplazarse y escaso oxígeno que respirar. Me refiero al Metrotren de Valparaíso, al que subo cada mañana en la estación subterránea de Chorrillos, en dirección a Puerto, para emerger a la luz y al espectáculo deslumbrante del Pacífico a la altura del Puente Capuchinos, poco antes de lo que en otro tiempo fue el Balneario de Recreo, que reunía playa, piscina, jardines, y un bello patio de líneas andaluzas. Cuando algunos de los amigos que tengo en Santiago preguntan qué espero para irme a vivir a la capital, uno de mis argumentos tiene que ver con el mar, así sea que el único momento del día en que lo vea se limite a veces a los pocos minutos en que el Metrotren serpentea junto a él y pasa por aquel desaparecido balneario, el club y la casa de yates, el Caleuche, la Caleta Portales, la Universidad Santa María y las ruinas de la vieja maestranza Barón. Los relucientes vagones color acero y azul benefician el borde costero con su ondulante elegancia y parecen haber quedado fuera del alcance de los grafiteros. En Valparaíso todo está rayado, menos esos inmaculados vagones, a los que suben flautistas y cantantes populares que animan en cada jornada los desplazamientos de miles de personas.

Me cuesta subir a las micros en Viña del Mar y en Valparaíso. Saturan las calles, se acercan a los paraderos collereando -como se dice en jerga micrera-, dan reiterados y estridentes bocinazos para atraer la atención de posibles pasajeros, dejan pasar dos, tres y hasta cuatro semáforos con la esperanza de que suba alguien más, y sus conductores, a diferencia del pasado, no llevan sus radios sintonizadas con programas de tango o de boleros, sino con cualquiera de esos espacios en que los locutores alborotan en demasía y reciben llamados de radioescuchas dispuestos a contar más de alguna intimidad. Acostumbrado a sentarme en los últimos asientos de los buses, lo mismo que hago en el cine, el trayecto por el pasillo, una vez que el vehículo arranca, es una aventura plagada de riesgos. A mi edad, y más todavía si subo cargado de libros, me voy de un lado y de otro, estrellándome con los pasajeros, hasta que alguno de ellos, consciente del peligro que corro, tiene la ocurrencia de levantarse y ofrecerme su lugar. Hace ya tiempo que agradezco a los jóvenes que tienen ese comportamiento, pero cuando lo observó un usuario del Transantiago que se veía casi de mi misma edad, lo fulminé con la mirada y le ordené volver a sentarse, profiriendo la mentira de que bajaría pocas cuadras más allá. Una mañana, mientras aguardaba la llegada del Metrotren, comprobé en el tablero electrónico que arribaría dentro de nueve minutos, por lo cual me dispuse a leer algunas páginas del libro que llevaba conmigo, «Stoner», de John Williams, la espléndida novela que Rodrigo Pinto destacó en la Revista Sábado.

Pero me detuve antes incluso de abrirla al ver que una joven de rasgos orientales dejaba su mochila en el suelo e iniciaba una secuencia de lentos y fluidos movimientos de cabeza, tronco y extremidades, trayendo al frío recinto del andén la inesperada presencia de algo muy parecido a la serenidad. Su viva y delicada estética, que no era marcial sino de tipo físico y espiritual, sustituyó durante la espera aquella que también podía encontrar en la novela de Williams, de manera que me quedé mirándola con mi mejor expresión de gratitud, que ella, puesta de perfil, no pudo ver, aunque sí tal vez sentir, o eso espero al menos. Surgió de pronto el tren desde la negra boca del túnel, la joven volvió a instalar la mochila en su espalda, y entró al vagón por una puerta distinta de la mía. No volví a divisarla durante el viaje, pero tuve la sensación de que el habitual regalo de la súbita y luminosa visión del Pacífico se había adelantado ese día, de manera tan sutil como imprevista, al inicio del trayecto. ¿Pueden comprender ahora mis buenos amigos de Santiago por qué sigo en Valparaíso?