Agustín Squella - Constituyente Distrito 7
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3/04/2020

«No es que las hayamos dejado completamente de lado, sino que nos hemos visto obligados a cambiarlas».

Las rutinas, esas benévolas esclavitudes, han cambiado drásticamente para todos. No es que las hayamos dejado completamente de lado, sino que nos hemos visto obligados a cambiarlas, a prescindir de algunas, las de tiempos normales, y a sustituirlas por otras, las de los tiempos que ahora pasamos. Eso, sin duda, es bueno: no quedarnos sin rutinas, solo cambiar unas por otras, aunque las actuales sean mucho más limitadas y carentes del atractivo de las que seguíamos antes.

Es que no podemos vivir sin rutinas, nadie, no solo los viejos. Rutinas domésticas, de personas, de desplazamiento, de trabajo, de juegos, de transporte, de calles, de cafés, bares y cines, y de otros refugios similares, aunque más personales, como iglesias, librerías, estadios, hipódromos, clubes y parques comunitarios. No nos percatamos muchas veces de ellas, salvo cuando nos faltan, como pasa con todas las cosas importantes, pero esas rutinas, esas secuencias invariables y sin instrucciones, junto con dispensarnos del esfuerzo de pensar y de la fatiga de tomar decisiones, forman parte de la vida y hasta de la identidad de cada cual. Son caminos amables, probados, conocidos, por los que nos dejamos simplemente llevar sin necesidad de elegirlos toda vez que los transitamos. Hacen innecesaria la previsión, el cálculo, y evitan la duda, la vacilación, la incertidumbre.

Son parecidas a los hábitos, pero no idénticas, puesto que las rutinas, a diferencia de los hábitos, simples actos de repetición, son resultado de un proceso al que nos sometemos. Tampoco son como una vestimenta que podamos sacarnos de encima y cambiar por otra cada vez que queramos. Los hábitos se siguen, las rutinas se llegan a tener de una manera insensiblemente progresiva y feliz. Tanto como repetición de actos y vestimenta, los hábitos tienen menor cuerpo que las rutinas, menos espesor también, y son más prescindibles que ellas.

¿Qué rutinas hemos adoptado ahora, salvo que, como tantas familias, vivamos hacinados en menos de 70 metros cuadrados? Ocupar alternadamente durante el día los distintos espacios del lugar que habitamos, como si se tratara de auténticos traslados; recorrer el jardín, cuando lo haya, y observar cada planta, árbol o arbusto con la atención y el cuidado que no poníamos antes; asomarse a la calle cada vez desde una diferente ventana, primero una, luego otra, para captar distintas perspectivas del exterior; cocinar morosamente, con deliberada lentitud, paso a paso, desde mucho antes de la hora en que se vaya a servir lo preparado, y abrirse a sobremesas tan largas como las de fin de semana; hacer pan, por qué no, y no porque falte, sino porque de esa manera recuperamos una ocupación ancestral; sentarse un momento a leer, otro a escuchar música, otro a ver cine o deportes, y buscar en la red las conferencias, los seminarios y los debates sobre temas que nos interesen; tomar de pronto el diccionario de nuestra lengua y abrirlo en cualquiera de sus páginas para sorprendernos y familiarizarnos con las palabras; hacer ejercicio físico, desde luego, pero esta vez sin premura, sin consultar el reloj, como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo.

Otra cosa, claro, es con niños, aunque la mejor solución, junto con dejarlos a su aire, es ayudarlos a crear sus propias rutinas y a darse cuenta de la importancia que estas van a tener a lo largo de su vida. Dejarlos que cultiven también la rutina del aburrimiento, de la vista fija, que es una de las más creativas, sin responsabilizarnos por ese aburrimiento ni correr a mitigarlo. Hablarles y escucharlos más de lo que hacíamos y mostrarles cómo la compañía y la conversación son potentes estabilizadores del ánimo y prácticas efectivas para cuidar la salud mental de los interlocutores.

Las rutinas son como flotadores, como muletas invisibles que nos llevan de una cosa a otra sin esfuerzo, y tienen una dulce precisión ceremonial
Por causa de un virus, hemos tenido que abandonar nuestras rutinas, pero, a la vez, adquirido otras. El virus nos ha forzado a dejar rutinas, pero no ha acabado con nuestra capacidad para formarlas. Algún día volveremos a las de antes y en ese momento tal vez no sea conveniente olvidarnos de las actuales, sino sumarlas a las anteriores.

Capitalizar rutinas.